jueves, 29 octubre 2020

La más triste y cruel despedida

Por Javier del Castillo

Se están yendo solos, sin que ningún familiar les pueda coger de la mano. Sin que nadie les consuele antes de morir. Algunos aparecen una mañana sin vida en las habitaciones de las residencias, otros dicen adiós en sus domicilios o en los pasillos de los hospitales, mientras esperan que quede
alguna UCI libre, cosa harto improbable. El coronavirus se ha cebado con ellos y ni tan siquiera les deja despedirse de sus seres queridos.

La crueldad de esta maldita pandemia obliga al aislamiento impidiendo, por tanto, que la familia pueda estar a su lado para darles ese último adiós tan reconfortante. Hablo con una amiga que ha perdido a su padre y me cuenta que ni tan siquiera sabe a dónde han llevado su cadáver, aunque la funeraria del seguro le dice que todos los cementerios de Madrid están desbordados y que la llamarán cuando haya sido incinerado. La señora a la que intentaba dar ánimos, diciéndole “volveremos a abrazarnos”, te recuerda que eso ya no será posible hacerlo junto a su marido, porque acaba de fallecer.

Nadie merece morir en soledad, y menos las personas de esa generación que ronda los ochenta y que ha sido todo un ejemplo para las siguientes. Una generación que vivió la guerra o la posguerra siendo unos niños, muchos de ellos huérfanos, en un país hundido, destruido y devastado. No, no merecen morir así quienes sacaron a España adelante, superando rencores y afrontando calamidades. Ellos, que se privaron de casi todo para que sus hijos se enfrentaran a la vida mucho mejor preparados, no se merecían esto.

No, no merecen esta terrible despedida, en la más absoluta soledad, los héroes que pasaron entre ruinas y escombros su infancia, que trabajaron duro para mantener a la familia y que, al final de su vida, ni siquiera sus hijos y nietos pueden estar a su lado para darles las gracias.​

«NO, NO MERECEN MORIR ASÍ QUIENES SACARON A ESPAÑA ADELANTE, SUPERANDO RENCORES Y AFRONTANDO CALAMIDADES»

Detrás de cada víctima, por supuesto, hay un drama, pero no cabe duda de que nuestros mayores son la población de mayor riesgo y los primeros en caer. Los grandes derrotados en esta guerra contra un enemigo externo, que no conoce fronteras, ni tampoco se apiada o tiene la más mínima consideración con los niños de aquella guerra civil. Niños que se hicieron abuelos, mientras convertían aquella guerra en escenario de batallitas que contaban a sus nietos.

Durante estos días de obligado encierro, pienso en el drama de tantas personas mayores y me las imagino esperando una llamada, una visita imposible o una orden de alto el fuego. Están en la primera línea de combate, aunque algunos ni siquiera se hayan enterado, como el abuelo con alzheimer de Vigo, que cada día a las ocho de la tarde sale con la armónica a la ventana para que le aplaudan. Van a pecho descubierto.También me imagino a esos hijos y allegados, que no pueden visitarlos en sus domicilios o residencias, y que tienen que conformarse con recibir alguna llamada.

En estos días, tan turbulentos y largos, es fácil reencontrarse, aunque sea a través de la memoria, con imágenes lejanas. Mientras juego una partida de guiñote con mi hijo mayor, recreo una misma escena, donde yo ocupaba el puesto de mi hijo y el mío lo ocupaba mi padre. Aquellas partidas de cartas hoy serían imposibles. Lo impediría el estado de alarma. Un estado de alarma que obliga a despedirnos de nuestros seres queridos desde el dolor y la distancia.

Artículo anteriorVenancio Barrajón
Artículo siguienteA mi abuela Dominga

Historias relacionadas

Comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Otras historias que nos emocionaron