viernes, 25 septiembre 2020

Venancio Barrajón

Alguien dijo una vez que la patria es la infancia. Es cierto. Y mi infancia está ligada a una serie de imágenes y de personajes imborrables e irrepetibles. Entre ellos y uno de los más potentes es Venancio Barrajón, Venancio el de la tienda de comestibles de la plaza mayor. Venancio, persona alta y delgada como el palo mayor de un galeón. Venancio servicial, educado, alegre, dicharachero con retranca y amable. Siempre con un lapicero en la oreja. Y una libretilla en el mostrador como un cuaderno de bitácora. Y dos ojos iluminados como faros. Venancio ha muerto. Sí, también víctima de este maldito virus invisible, traicionero y letal.

En mi libro de relatos breves de 2007 “La calle Coronao”, libro con historias de mi infancia, le dediqué a Venancio un capítulo: “Sal fina”. Y le regalé el libro. Sonrió, lo cogió y lo leyó. Me dio las gracias con esa medio sonrisa que era su santo y seña identificativo. “Ay, Pepito, ¿te acuerdas cuando tu abuela doña Amparo te mandaba…?” Y comenzaba a contar historias de cuando yo era Pepito, un crio canijo de la calle Coronao, que iba y venía de la casa a la tienda o al puesto del mercado a por cosas que siempre se le olvidaba a Amparito, mi madre. “Eras como una lagartija”… y seguía contando anécdotas.

Al lado de la puerta de la tienda, en el interior, Venancio exhibía un mosaico de viejas fotografías, postales, recortes de prensa y otros recuerdos. Entre ese batiburrillo destacaba una vieja fotografía de un soldado español con el típico uniforme de la guerra de Cuba. “Era mi tío abuelo” aclaraba Venancio, quien aprovechaba la oportunidad, no soltaba el hilo y te resumía en cinco minutos los más de cien años de la historia de la tienda. Me comprometí a hacerle un reportaje como el que le dediqué a Cipriano, el confitero, no hace mucho en el diario Lanza. No cumplí mi promesa. Menos mal que se adelantó Julio de Pablo en El Cronista, quien le dedicó un amplio artículo. Gracias.

SE NOS HA IDO UNA PARTE IMPORTANTE DE LA INTRAHISTORIA UNAMUNIANA DE ALMAGRO»

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Se nos ha ido una parte importante de la intrahistoria unamuniana de Almagro. Venancio ha muerto con las botas puestas a las puertas de su comercio. Manteniendo hasta el final el compromiso de lealtad y fidelidad con su clientela. Una clientela de toda la vida de Almagro y otra más moderna de turistas llegados de todos los rincones de España y del mundo. Y es que Venancio supo adaptar su oferta a la demanda y compatibilizó la venta de alimentos con todo un escaparate de objetos de artesanía que colocaba delante de su puerta. Siempre tuvo una gran capacidad de adaptación y mucho sentido común. Fue un comercial nato. De larga tradición familiar. Hecho a sí mismo.

Y, sí, era otra de esas personas buenas, fruto de esa irrepetible cosecha de posguerra, que vaya Dios a saber cómo fue posible en el Almagro de aquellas terribles circunstancias históricas. Cierro los ojos y aún lo veo paseando con su amada Encarni por la calle San Agustín, cuando Encarni ya había perdido la conciencia de sí misma y se aferraba al brazo de Venancio como un náufrago en plena borrasca en altamar. Y el corazón se me vuelve a desgarrar por el fin trágico de este almagreño de pro. Trabajador, serio, formal, muy profesional. Tan unido a mi infancia y a mi proceso de madurez. Por todo ello siento una pena enorme. Te echaré de menos.

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